Algo mejor – Relato niñas de Chibok


13 de abril de 2016
Abro los ojos asustada. Mi respiración entrecortada sobrepasa los murmullos del viento. Oscuridad. Eso es todo lo que perciben mis ojos. El latido de mi corazón se acelera, creyendo que estoy atrapada; pero recobro la compostura al tener la certeza de que ha sido una pesadilla. Aun así, el miedo y la angustia siguen vigentes. No concilio el sueño de nuevo, ya que mis pensamientos no lo permiten. La mente es demasiado inteligente como para obviar  que no es una pesadilla cualquiera; es un sueño que recuerda aquel oscuro día, donde todo dio un giro de tuerca y acabó convirtiéndose en un infierno.

14 de abril de 2014
El cansancio me vencía poco a poco, pero aun así me sostuve e intenté permanecer despierta. El día siguiente empezábamos los exámenes y necesitaba repasar. Allí, en Chibok, empecé mi carrera como estudiante, junto con otras casi trescientas niñas más. Sinceramente, me sentía muy afortunada por ir a la escuela, ya que sabía de algunas chicas a las que no se lo permitían. En algunas religiones veían mal la educación femenina.
A mí la religión me sorprendía. No la entendía. Miraba a mis padres, cristianos, que acudían a misa cada domingo, y a mi amiga Hauwa, con ese peculiar velo que de vez en cuando le cubría  el cabello, y no veía la diferencia. Aquí, en Nigeria, ocurrían a menudo conflictos entre ambos grupos religiosos. ¿Por qué no podían existir dos dioses? ¿Por que no podían no existir? ¿Por qué no podía cada uno elegir sobre quien tener fe? Hace ya tiempo, replantee estas preguntas a mis padres. Quedaron tan sumamente escandalizados, que me hicieron jurar que jamás repetiría lo que había dicho. Sin embargo, esto no cambió mi manera de pensar.
-Alika, ¿todavía estás despierta?-me preguntó Hauwa con voz somnolienta y los ojos todavia cerrados- Deberías dormirte ya, si no mañana no rendirás los suficiente.
-Tranquila, estoy recogiendo ya.
Ella se acomodó la almohada, y mediante un largo suspiro volvió de nuevo al mundo de los sueños.
Hauwa tenía razón. Rozaban ya las once y media. Terminé de ordenar todos mis apuntes y me dispuse a entrar en la cama.
Pero entonces me llamó la atención.
-Hauwa. Hauwa despierta. He escuchado un ruido.
Y entonces entré en pánico. Me aterrorizó oírlo: Allahu Akbar.

En el colegio se percibía un extraño silencio. El miedo nos paralizó a todas. Allí nos rodeaban un centenar de militantes armados. No había ni rastro de los guardias que nos protegían, nadie nos ayudó. El fuego secó las lágrimas que rodaban por mis mejillas cuando la biblioteca comenzó a arder. Vi mi futuro, mi sueño, mi esperanza convertirse en ceniza mientras ellos decían: “Boko Haram”, ( la educación occidental es pecado).

Nos empujaron hacia unos camiones, y todas fuimos, obedientes. Ya nos habían dejado muy claro que quien intentase escapar moría.
Le di la mano a Hauwa, y ella me la apretó con fuerza.
La oscuridad angustiaba y nos encontrábamos al final de la fila. A nuestra derecha, dos militantes hablaban entre ellos.
Nos miraron y gritaron: no hay más sitio, debéis ir andando.
Caminamos sin descanso. Solo parábamos a dormir en lugares horribles y abandonados. No teníamos esperanzas de escapar. Al principio del trayecto dos niñas saltaron del camión, y consiguieron huir; pero otras no tuvieron tanta suerte. Algunas fueron atropelladas por el vehículo, a otras les pegaron un tiro.

Pasaron los días, y seguíamos cautivas. Ya había fallecido una niña por una mordedura de serpiente, y otras tantas se encontraban enfermas. Nos daban de comer una vez al día, una especie de maíz seco, que escasamente nos proporcionaban.
Durante el tiempo en el que fuimos presas de Boko Haram, nos convertimos en esclavas. Nos obligaron a limpiar y cocinar, y éramos violadas numerosas veces al día. A algunas las casaron o fueron vendidas como esclavas sexuales en el mercado negro, y muchas otras se encontraban embarazadas. Nos obligaron a convertirnos al islam y a aprendernos parte del Corán de memoria, amenazándonos de muerte si no lo hacíamos. Y así pasaron los días, las semanas, los meses, y nadie fue en nuestra busca.

Una mañana, mientras ordenaba una de las estancias del campamento, un militante irrumpió en la sala y tiró de mí sin dar más explicaciones. De esta manera, agarrada por un brazo, fui dirigida a un lugar apartado. No me encontraba sola, allí estaban cuatro chicas más, entre ellas Hauwa. Me colocaron bruscamente a su lado, y uno de ellos, que parecía de alto cargo se dirigió a nosotras:
-Vais a acudir al mercado de Potiskum este mediodía. Allí detonaréis estos explosivos.
-¿Pero, y dónde nos refugiaremos?- una de las niñas, no mayor de nueve años, miraba con los ojos desorbitados a los hombres armados. Ellos se rieron, la agarraron y le colocaron un pesado cinturón sobre sus pequeñas caderas.
Presas del pánico nos subieron a un camión oscuro y frío. No podíamos negarnos, si lo hacíamos nos esperaba un destino mucho peor: nos enterrarían vivas. Abracé a Hauwa, esperando que el camino hacia el mercado no terminase nunca. Pero no fue así. El vehículo frenó violentamente, y nos sacaron casi a rastras de él.
El mercado se encontraba lleno de gente que iba de aquí para allá con sumo alboroto. Allí nos dejaron, y fueron a ocultarse.
Sabía que no podíamos hacerlo, que no debíamos matarnos matando. Miré a mi mejor amiga, y comprendí que compartíamos la opinión. Sin embargo no podía decir lo mismo de las otras dos chicas. Una de ellas estaba convencida de que no había opción si era lo que Alá deseaba.  Y la pequeña se encontraba en tal estado de angustia, que su mano temblorosa hizo que inconscientemente pulsara el detonador. Comenzaron a sonar pitidos. Ella se paralizó y nos miró con la cara desencajada. En ese momento supe que debíamos huir.
Hauwa y yo empezamos a correr hasta que la explosión nos tiró al suelo.
-¡Corre!- grité a mi amiga -¡Corre Hauwa!
Nos levantamos y avanzamos desesperadamente buscando una salida. Al poco oímos el segundo estruendo. Corrimos más rápido, pero acto seguido fui consciente de que mi amiga se desplomaba detrás de mí. Me di la vuelta rápidamente y vi la parte superior de su vestimenta cubierta de un rojo carmesí.
-¡Que te pasa! ¡Por favor aguanta, por favor! ¡Despierta! ¡Hauwa levántate! No me dejes, te lo suplico. ¡No me dejes por favor!
Lloré con todas mis fuerzas, con desesperación, con ira, con incertidumbre. En la primera explosión, un trozo de metal había salido disparado, dándole de lleno en el pecho, haciéndola perder demasiada sangre.
¿Por qué estos seres macabros pretendían instaurar la fe mediante el miedo y la muerte? De esta manera solo se produce rechazo; la compasión, la solidaridad y la bondad es lo que te hace creer, amar.

Yo llevaba los explosivos todavía pegados al cuerpo, y necesitaba deshacerme de ellos cuanto antes. Pero tenía miedo, no sabía cómo desconectarlos y temía que se detonasen por error. Así que anduve, durante mucho tiempo. Hasta que divisé un coche del ejército. Exhausta, deshidratada y hambrienta les pedí ayuda.

13 de abril de 2016.
Mañana hace dos años que los militantes entraron en mi escuela. Dos años, y todavía se desconoce el paradero de 219. No solo no se ha conseguido, sino que ni si quiera se ha intentado. La gente piensa que ya no se puede hacer nada, que hay que afrontar el hecho que esas niñas no van a volver.
Y yo, alojada en un campamento de refugiados, con heridas que ningún médico puede curar, digo que aquellos que lo piensan son tan inhumanos como los que nos secuestraron. Esas niñas, si siguen vivas, seguirán sufriendo. No se puede hacer oídos sordos a tal injusticia, a tal atrocidad. Todas ellas merecen elegir su futuro, ser libres, vivir. Mi cautiverio terminó hace varios meses, pero sigo siendo presa del recuerdo, de la angustia por saber que todo aquello no se ha acabado para muchas de esas niñas. Hay que actuar, ¿cómo? Todavía lo desconozco. Pero sé que es necesario toda la colaboración posible, porque el bienestar global nos incumbe a todos; por ellas, por nosotros, por la humanidad en su totalidad.
#BringBackOurGirls

Lourdes López Larrey (una gran mujer de 15 años)

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